De estudiante a líder en domótica: la historia de Emmanuel Ramírez, CEO de Spirum.

Detrás de cada empresa innovadora hay una historia de curiosidad, visión y decisiones tomadas en el momento justo. En el caso de Spirum, esa historia comienza el 2 de octubre de 2002, cuando su actual CEO, Emmanuel Ramírez, aún era estudiante de la carrera de Ingeniería Cibernética y Sistemas Computacionales en la Universidad La Salle.

Emmanuel recuerda esa fecha con absoluta claridad. Aquella mañana, mientras tomaba una clase de Bases de Datos a las siete en punto, decidió —casi por impulso— entrar a la bolsa de trabajo de la universidad. Hacía tiempo que no lo hacía; incluso tuvo que volver a registrarse. Fue ahí donde encontró una vacante para becarios en una empresa que, en ese momento, era clave dentro del naciente mundo de la automatización y la domótica en México.

La oportunidad había sido publicada por Margarita Reyes, entonces directora de la empresa y hoy una gran amiga y colega. Emmanuel aplicó de inmediato y, para su sorpresa, recibió respuesta casi al instante. Todo ocurrió por correo electrónico. A las 7:15 de la mañana, apenas iniciada la clase, ya estaba siendo citado a una entrevista… ese mismo día a las 10:00 a.m.

Sin pensarlo demasiado, salió de la universidad, regresó a casa en taxi, se preparó a toda prisa —ni siquiera hubo tiempo para ducharse—, se puso traje y acudió a la cita. Esa entrevista marcaría el rumbo de su vida profesional.

Durante la reunión le mostraron algo que, para el año 2002, parecía sacado del futuro: un cerebro de automatización, pantallas táctiles y hasta una pantalla inalámbrica de radiofrecuencia, en una época en la que los teléfonos inteligentes aún no existían. Emmanuel quedó completamente maravillado.

Al salir de esa entrevista, con apenas unos años de universidad encima, tuvo una certeza poco común: eso era a lo que quería dedicarse toda la vida.

Una semana después participó en un importante evento tecnológico que se celebraba en el World Trade Center, donde se presentaban soluciones de automatización, audio, video y control. La empresa buscaba becarios porque necesitaba manos, gente dispuesta a aprender desde lo más básico. Emmanuel no lo dudó. Su interés principal era la programación, pero esa experiencia le abrió un panorama completamente nuevo.

Hasta ese momento, su plan de vida era otro: soñaba con ser programador, trabajar en una gran empresa tecnológica, desarrollar aplicaciones y hacer carrera corporativa. Sin embargo, la domótica le mostró un mundo lleno de posibilidades, innovación y futuro.

Aunque el sueldo como becario era considerablemente bajo —mucho menor al de otros estudiantes de su entorno—, Emmanuel vio algo más importante: potencial. No necesitaba ese ingreso para subsistir; lo veía como una inversión en aprendizaje, experiencia y crecimiento.

Gracias a su inglés fluido, comenzó a colaborar directamente con equipos en Estados Unidos, comunicándose con fábricas y headquarters. Poco después, tuvo la oportunidad de capacitarse en Richardson, Texas, donde tomó cursos presenciales durante varias semanas junto a profesionales de distintos países como Chile y Argentina. Ahí, literalmente, empezó todo.

En cuestión de meses, asumió mayores responsabilidades hasta quedarse a cargo del soporte técnico y la programación. Como él mismo suele decir, no hay mejor manera de aprender que enseñando. Así fue como comenzó también a impartir cursos, formar talento y construir relaciones que, con el tiempo, se convertirían en grandes amistades y alianzas profesionales.

La pasión por este camino fue tan intensa que, durante un tiempo, la universidad pasó a segundo plano. Aun así, con esfuerzo y perseverancia, Emmanuel logró terminar la carrera y graduarse, demostrando que los caminos no siempre son lineales, pero sí posibles cuando existe convicción.

Hoy, más de dos décadas después, esa decisión tomada una mañana cualquiera a las siete de la mañana dio origen a una trayectoria sólida y a una empresa como Spirum, que continúa impulsando soluciones inteligentes, innovación tecnológica y una visión clara del futuro.

Porque a veces, las grandes historias comienzan con una simple oportunidad… y el valor de decir sí.